Volvía del curro a mi casita, cuando la vi. Una niña preciosa, no tendría ni veinte años. Rubia, con la melena llena de rizos dorados, una carita de muñeca lindísima y los labios pintados de rojo tan intenso que parecía una vampiresa recién alimentada. Y tenía los ojos brillantes y la cara muy elevada, como si hiciera esfuerzos por no llorar. Caminaba hacia mí (o yo hacia ella, depende del punto de vista), y por lo que me fijé, era exactamente eso: su mandíbula apretada, sus ojos fijos en el horizonte, todo delataba que no quería llorar. Le habían dado un buen palo, pero ella no iba a permitir que le afectara, fuera lo que fuera. Las lágrimas no se habían escrito para ella. Al momento, ya tenía la historia completa.
Más adelante, ya en el tren, un hombre de edad avanzada miraba sonriente su teléfono. Quizá le habían enviado fotos de los nietos, pero también podría ser que tuviera una conversación picante con una señora. ¿Y por qué no las dos cosas a la vez, y que se confundiera accidentalmente, y que así su hijo se enterase de que su padre, viudo, sigue teniendo vida sexual y quizá más animada que la suya? En un momento, ya tenía la historia completa.
Ya llegando a casa, me saludó una flor. Era tan bonita que le pedí permiso para sacarle una foto. La flor, que ya se sabe que son de naturaleza amable, aceptó encantada y me permitió sacarle los colores. En foto, claro. Mientras tanto, un grupo de adolescentes pasó junto a mí, cuatro chicos y una chica, que iba colgada de los hombros de uno de los chicos. Él se daba pisto, pero ella le miraba como un náufrago a un chaleco salvavidas. Tras la pareja, uno de los chicos miraba a la chica con ojos de oveja atragantada. Pobre admirador en la sombra de una chica que ni sabe que existe. De nuevo, en un momento, ya tenía la historia completa.
Ser escritor no es un empleo a horas, a tiempo parcial. Ser escritor te ocupa todos los momentos de tu vida, y tú ni te das cuenta. Sencillamente, tu cerebro trabaja sin descanso y te manda información e historias sin pararse ni para bostezar. A veces puede ser agotador, pero tiene la ventaja de que uno no se aburre nunca.
Esta era la flor:

